domingo, 8 de agosto de 2010

g,h,i

G
Grandilocuente garganta gimnástica garantiza grandiosos gemidos guturales.

H
Históricos hiatos hilan hábilmente hermosas historias hoy.

I
Irrisorias ilusiones invadirán ingenuamente insólitas islas imaginarias.

d,e,f

D
Diez decenas de durmiente dolor dilatan dulces deseos de desprevenidas damiselas.

E
El enviciado ensueño emitido en estados elevados erradica elegías edípicas.

F
Famosa filósofa francesa fascina fumando finísimo faso fatalmente filosa.

a,b,c

A
¡Atención! Aviso: adoro admirar abismalmente a Anita amasando ansiosa aladas ambigüedades.


B
Bellas bailarinas Bolcheviques bucean banales ballets Bolshoianos.


C
¡Cristo, coño, carajo, ¿cómo consigo cultivar cien crisantemos color celeste cielo?!

lunes, 2 de agosto de 2010

recordatorio

Hoy mi mejor amigo me desayunó con la siguiente noticia: Esta noche me largo de casa. Así, sin demasiado preámbulo, me lo vomitó antes de mi jugo matinal de naranja y jengibre.
Mientras me sumergía en el vapor de la ducha, rebobiné mentalmente sus palabras a través del tubo del teléfono. Mi mejor amigo es esa clase de persona que todos, en algún momento, soñamos ser. Aquél en quien todos quisimos convertirnos alguna vez, allá y hace tiempo. Es imposible no envidiarlo, pero no conozco a nadie a más de quinientos quilómetros a la redonda que haya tenido palabras adversas hacia él, que lo haya criticado u odiado. Que sea tan perfecto, lo hace, paradójicamente, in-odiable.
Mi amigo tiene cuarenta y pico, dirige una importante editorial, y en sus tiempos libres escribe novelas y cuentos cortos. Está casado con una mujer cinco años menor que él, a quien conoce desde que los veintipico y con quien tuvo dos hijos: una nena y un varón que se llevan tres años. Y me estoy olvidando del perro labrador que completa el cuadro familiar con marco dorado. Estamos a años luz de negar que ambos, marido y mujer, hayan disfrutado de los placeres terrenales, entregándose a los viajes alrededor del mundo en la treintena, previo intercambio de votos matrimoniales. Tras estos, ella dejó (a pedido expreso de él) su puesto de asesora en una multinacional para dedicarse a las tareas domésticas, la crianza de los niños y los beneficios con pollera del dolce far niente.
Mi mejor amigo es esa clase de hombre que jamás se voltearía a mirarle el culo a una mujer en la calle; y jamás, en lo que me consta, manifestaría deseos de acostarse con otra que no sea su propia esposa (aunque oportunidades ha tenido de sobra). Es esa clase de tipo que pierde con caballerosa humildad un partido de tenis (algo que raramente ocurre) e invita una ronda de cerveza al grupo. Se puede dar el lujo de conducir un convertible en el verano abrasador de las calles de Miami, así como de escaparse a su chacra esteña en pleno invierno porteño gris, húmedo y neurótico. Paga sus impuestos religiosamente y contribuye con cuanta acción filantrópica o ecológica caiga en sus manos. No se droga (una sola vez fumó porro; fue en un recital de Pink Floyd y lo tuve que arrastrar a la salida como a un bebé), y apenas bebe alcohol. Respeta una dieta macrobiótica, hace yoga, meditación zen y tai-chi; y, una noche a la semana, se viste de gala para asistir a los más exclusivos eventos sociales, en los cuales se florea con la escultural belleza de su mujer que se mantiene a raya con clases de Pilates.
Por eso mismo es que mi cabeza se salió un centímetro de su eje cuando me largó, así sin anestesia, semejante notición. Lo primero que se me dió por largarle fue un: ¿Para qué? Seguido de: ¿Por qué? Si tu vida es perfecta.
A lo que él me respondió (quizás alguna vez logre entenderlo) en proporcional sintonía con lo anterior, Justamente por eso. Por ser perfecta, es que me he olvidado de vivirla.

lunes, 26 de julio de 2010

potra

Había soñado con caballos. Caballos alados y multicolores, todos de igual semblante pero levemente singulares si se los observaba de cerca. Caballitos de colores y con alas, que le recordaron a los My Little Pony de su infancia. 
El suyo (que, en verdad, era una potranca) se llamaba Perla y tenía tres corazones rosas en las ancas. Pensó que Perla estaría perdida en la tropilla de aquel sueño. Su relincho no sería muy diferente del resto, pero ella sería capaz de reconocerla entre los caballos enanos. 
Vino a su memoria aquel día, veinte años atrás, en que una compañerita suya sacó una Perla de su mochila, y la exhibió ante sus incrédulos ojos. Esa imagen arruinó su recreo, y borró de un plumazo la ingenua teoría de que Perla era única en su especie. Es que ahora había otra igual: otra Perla, con su crin fucsia y sus tres corazones rosas en las ancas. Ahora Perla y ella no eran nada fuera de lo común, nada extraordinario.
Intuyó que compartir su frustración sería una pérdida de tiempo, y que todos se reirían de ella. Nadie entendería qué se siente no ser única en su especie, diferente al resto. Después de todo, las chicas suelen sentirse más seguras cuando van en tropel. Pero ella no. Ella nunca supo cómo.
Ese día, después del sueño con caballos, se entregó al silencio matinal de la habitación casi en penumbras. Un hombre salió del baño, descalzo y con el torso descubierto, vistiendo unos ajustados shorts blancos y cargando dos tazas de café con leche.
De pronto, el silencio se vio invadido cuando él le preguntó si aquel no era un día ideal para sacar fotos. ¿Cómo hacerle entender que lo que menos quería era esconderse detrás de la lente de su Nikon F3H?, pensó.
Ese hombre, allí, frente a ella, había fotografiado a una infinidad de mujeres (en verdad, modelos), incansable y mecánicamente. Cuando se conocieron, un par de años atrás, ella le había preguntado (simulando interés e ingenuidad) qué se sentía fotografiar a tantas mujeres bellas. A lo que él respondió, dando lentas bocanadas de humo, que, después de un tiempo, la belleza parecía repetirse en serie. En la superficie todo permanecía igual, todos los semblantes eran idénticos; a menos que uno se acercara lo suficiente para reparar en esos detalles  imperceptibles, delicados, sutiles, que hacen la diferencia.
Ella apoyó la taza de café en la mesa de luz, y se extendió en la cama con un suspiro que la sacó del letargo. Un brazo cubrió la mitad de su cara aún adormecida. La remera de dormir se despegó lentamente de su vientre plano. Giró sobre sí misma, mirando hacia la ventana con las cortinas a medio correr, y lució sus caderas pronunciadas. Su largo cabello castaño acariciaba la parte baja de la espalda. El se acercó por detrás, y disparó tres veces.
En la foto aparecía retratada de costado: se apreciaba la suave curvatura de su cintura, el vaivén de la cadera, el claroscuro en sus muslos suaves, y un par de piernas desnudas, eternas y caprichosamente entrelazadas.

Días después, cuando ella vió la imagen final, pudo jurar y perjurar que en la superficie de sus ancas se dibujaban tres pequeños, casi imperceptibles,corazones rosas.

lunes, 19 de julio de 2010

desolación

El hombre atraviesa una carretera del Oeste americano. En la radio de su auto suena un tema de Leonard Cohen. El  estribillo retumba cual eco en su cabeza. Sabe que de ahora en más, con sólo escucharlo, no vendrán a él aquellas imágenes de sus años jóvenes: noches de lecturas precoces de Rimbaud y Baudelaire en un francés ilegible, borracheras de vino en cartón, y chicas intelectuales de pechos pequeños que llegaban junto al despertar sexual. De ahora en más, esta canción disparará en él sentimientos diametralmente opuestos. Tararea la canción para sus adentros, mientras el viento seco empaña los espejos con la arena del desierto. Afuera, un sol naranja se derrite en el horizonte. El aire acondicionado no funciona, y maldice no haberlo llevado a reparar en su día de franco de la semana anterior. Sus manos están mojadas en sudor, así como las axilas y el torso. Emana de él un olor particular, el olor que pueda provenir de un animal herido o aterrorizado ante la inminencia del peligro. Sus ojos comienzan a nublarse, posiblemente a causa del polvo que ha entrado por las hendijas de la ventana semi abierta. Le arden, pero evita frotárselos. Sabe que la sal del desierto se clavará en su retina provocándole una úlcera, o algo similar. Lo invade el recuerdo de su maestro de tercer grado: el señor R. solía usar un parche negro en el ojo izquierdo. Decía haberlo perdido en la guerra del Pacífico. 
El hombre se esfuerza por focalizar la mirada en esa carretera despojada de autos y carteles. La noche no tardará en llegar, cubriendo con su manto oscuro la soledad intangible del desierto. De pronto, un pequeño coyote se cruza en su camino, obligándolo a presionar los frenos. Su cuerpo se zarandea de atrás para adelante, y de adelante para atrás, impactando con fuerza contra el respaldo. Gruesas gotas de sudor se pegotean en su espalda, formando una película viscosa que se adhiere al cuero del asiento. Hunde su cabeza en el volante y comienza a llorar. Desconsuelo y desolación caen junto al atardecer.

Aquella mañana, el hombre se desayunó con una noticia ajena, de las que uno suele leer en la sección policiales. Su hijo mayor  fue encontrado muerto en un motel de ruta, a cien kilómetros de donde se encuentra. Ambas muñecas y la garganta presentaban un tajo de punta a punta. Se desangró durante la noche... no pudimos hacer nada. Lo siento mucho, le habían dicho del otro lado del auricular. El hombre no derramó lágrima alguna. Ni siquiera al tener que notificárselo a su esposa. Sin embargo, no pudo evitar pensar en aquél extraño que tuvo que mover los casi 80 kilos de su hijo mayor, y limpiar el tapete, para que esa misma habitación pueda ser utilizada por otro huésped antes de las 14: hora en que se lo llevarían a la morgue local.

martes, 13 de julio de 2010

boda

Nos enamoramos en Tokio. Yo estaba allí por trabajo, como enviado del periódico para el que solía trabajar en aquel entonces, el L.A. Times. Ella, una joven actriz de teatro kabuki. Yo rasguñaba los cuarenta. Al poco tiempo decidimos contraer nupcias. Lo hicimos en Kobe, la ciudad que la vio nacer y donde se había criado. 
Mi madre y mi hermana menor vivían en Salt Lake City, y habían viajado una única vez a Los Ángeles desde que yo me mudara en mis años de estudiante universitario. Con lo cual, la mera idea de hacerlo por mi segundo casamiento (esta vez con una joven japonesa a quien casi doblaba en edad) era inverosímil. Ella estaba acompañada de su sexagenaria madre y de sus dos hermanos mayores. Uno era un prestigioso arquitecto que residía en Tokio, y el otro, gerente de una compañía de telecomunicaciones en Ottawa. El primero, casado con dos pequeños hijos: la imagen perfecta para la foto del álbum familiar. El segundo, un treintañero gay, un tanto retraído pero visiblemente soberbio. Ambos viajaron a Kobe para acompañar a su hermana, a falta de ese padre que perdieran en el terremoto de Niigata en 1964 cuando se encontraba por viaje de negocios. Mi esposa solía tener pesadillas con la imagen del cuerpo de su padre cubierto de polvo y escombros; un padre al que sólo conoció por fotos (ya que ella tenía apenas tres años al momento de su deceso). 
La ceremonia se realizó en un templo budista (yo no tenía inclinación religiosa alguna, así que por ello recibí la bendición zen). Y luego todos nos reunimos en una elegante casa de té aledaña, rodeada de un maravilloso jardín de orquídeas con un estanque de peces de colores. Las camareras sirvieron sake y deliciosos manjares, mientras que un quinteto de cuerdas nos regaló melodías clásicas. Mi flamante esposa vistió un kimono de lujo con un obi semejante a una mariposa. Y una brillante hebilla de flores brillante sujetaba su cabello negro-azulado. La recuerdo como si fuese ayer: una belleza simple y definitiva. Entablé una charla frívola con el hermano homosexual que evitaba al mayor (por motivos que podrán fácilmente inferir), y a la madre de ambos, una mujer rígida y de pocas palabras. 
Mientras tanto, los niños corrían por el parque y alimentaban a los peces gordos y coloridos. Y en cuanto a mis amigos compatriotas (un par de cuarentones escépticos, arrojados a la periferia de cualquier acto romántico), encontraron grata compañía en dos geishas que debían de ser (a decir de ellos) experimentadas en el arte del amor. 
Sin embargo, ni la una ni la otra les reveló el menor indicio. Supongo que ni la más geisha de todas las geishas del mundo puede decir algo certero respecto a ese sentimiento tan inefable como indecible. ¿Qué nos queda al resto de los mortales, pues? A pesar de esto, esa vez, bajo un cielo oriental, celebré un acto de fe: mi segunda boda con una mujer a la que amaba.