miércoles, 23 de marzo de 2011

alejandra

He tenido muchos amores –dije- pero el más hermoso fue mi amor por los espejos (Alejandra Pizarnik)

¡Ay, Alejandra! Yo, al igual que vos, no recuerdo cómo ni cuándo nació mi fijación por los espejos. Se que tuvo diferentes momentos. Pasó de la etapa hedonista adolescente a huir asustada de la propia imagen, hasta alcanzar su antípoda de la madurez que responde al mandato socrático “conócete a ti mismo”. Pienso en esa terrible manía de buscar en mi reflejo alguna pista acerca de mi yo. ¿Yo soy…


… mi boca?  Señal de pieles recorridas con labios y saliva, de texturas, sabores y formas de manjares deliciosos que se aglutinan en ella toda. Puerta de salida de la Palabra, de invocaciones, versos, susurros, suspiros, sonrisas, gemidos y jadeos que provienen de mi garganta, ronca y oscura. Pero también vía de escape de plegarias, lamentos, quejidos y sollozos, hasta abandonarse en el más puro silencio donde dejarse decir.

… mis orejas? Guarida de secretos que huyen y confesiones que vienen a quedarse; de voces que impactan por vez primera o regresan como el rumiar del viento; de ecos que resuenan presencias y ausencias; de músicas antes jamás oídas y por siempre amadas. Pero hueco también de la herida que se clava como un cuchillo en la memoria, del vértigo, del desequilibrio, y de la muerte que nos murmura al oído.

…mis manos? Santuario donde percute lo que pasó, lo que pasa, y lo que pasará. Cuna donde ha dormido la sal del mar, la savia de las hojas, la delicada gota de lluvia, el sudor de la mano amiga, el cosquilleo de la pluma, el lomo peludo de mis gatos, así como los sueños y las esperanzas todas.

… mi cuello? El tótem familiar, donde las historias vividas y sangradas se repliegan en cada vértebra. Donde se estrangulan los miedos, los caminos andados y desandados, las desdichas, los desencuentros, las cargas, las fuerzas, y las nadas. La reminiscencia y el recuerdo de ser quién fui y quién vengo siendo desde ayer y desde hace siglos, inexorable e insalvablemente.

…mis mejillas? Senderos por donde resbalan las mil y una lagrimas mudas. Peñascos que se elevan ante las mil dos carcajadas furtivas. Muralla donde se astillan besos y mordidas, pero donde también impacta la palma de la mano o ametralla el tornado ante la soberbia, el orgullo, y la ira.

…mi piel? Mapamundi de pliegues, de formas cóncavas y convexas que responden al contoneo del tiempo y el espacio. Tela que recubre cavidades que son huellas hechas de luces y sombras, y variados claroscuros. Metros de varios deseos mudos, y otros cantados; de fisuras y desgarraduras que conforman rostros y nombres. Surcos donde la noche desanuda su bagaje.

… mis ojos? Persiana de intimidades que se revelan a media luz. El vaivén de un gong que va de la candidez y la transparencia, a la más pavorosa, aun genuina, extrañeza. Islas gemelas donde encuentra hogar el alma del otro, pero donde también naufragan las esperas y las angustias. Ventana que abre de par en par las infinitas posibilidades del ser.

martes, 25 de enero de 2011

la discípula

Ella sostenía que era (sí) su mejor discípula. Ella: la quinceañera narigona de rulos cobrizos. La judía, la que se había mudado al departamento de al lado menos de un año después de que él enviudara y volviera a la ardua tarea de instruir burros con aspiraciones de Mozart. La hija del joyero y de la modista: la hija única, retraída, solitaria y aburrida del joyero y de la modista judía que habían llegado a Viena de tierra adentro, cruzando el Volga. 
Cuando empezaron con las clases de piano, ella y esa terrible costumbre de dejar caer su cuerpo groseramente al borde del taburete de madera, lo sacaron de quicio. Esa chica era enorme, tosca, de muslos redondos y gestos masculinos. Cualquiera en la calle la hubiera confundido con una italiana del sur, con ese audaz menear de caderas (que lejos estaban de la sensualidad) y  la indecente explosión de sus pechos.
Él se empecinó en corregirla: desde la postura al sentarse hasta el movimiento de sus manos torpes sobre las teclas. Enderezó su mentón, lo que le confirió un aire de importancia y nobleza que ella, hasta ese entonces, carecía. Respecto a la técnica, hizo lo que pudo a fuerza de puntero y disciplina estricta. Ambos sabían que, siendo huérfana de talento natural, sólo restaba la determinación, la voluntad y la disciplina. Ella escuchó esta palabra por vez primera en boca de él. Y la repetía todas las noches antes de irse a dormir. Técnica y disciplina. Estudio y perfeccionamiento. Práctica continua para pulir el arte como si tuviera un cincel y un martillo en mano. Incontables horas de calentar el traste en la silla. Y en dos años, estaba cerca a lo que podría considerarse un desempeño medianamente satisfactorio. Pero ella decía, entre quienes la conocían y a sus espaldas, que era(sí), sin dudas, su mejor discípula. 
Nunca se lo confesó a él, pero en verdad odiaba el piano. Empezó por obligación y continuó asistiendo a las clases por inercia o por aburrimiento, vaya uno a saber. Nunca se quejó ni chistó. Aguantó la presión y la humillación con un estoicismo envidiable. Esa chica sí que tenía la terquedad y la perseverancia de un animal de carga. Esto a él le repugnaba y le fascinaba en igual proporción. Podríamos decir que, cuanto más insistía, peores resultados obtenían. Pero ella siempre volvía al día siguiente, a por más. Fue, probablemente, su mayor desafío en vida, no sólo como instructor de piano, sino como persona. E incluso, por momentos, se dejó embargar (muy a su sorpresa) por un sentimiento cuasi paternal de orgullo.

Hasta que una tarde gris y nefasta, los hombres de uniforme verde irrumpieron en aquel edificio de la pintoresca Annagasse. Abrieron las puertas con violencia calculada, generando llantos de pánico entre las mujeres y los niños. Aún sin entender bien qué sucedía, el pavor se dejaba respirar en los pasillos. Él insistía con la sonata en F menor de Brahms cuando ella, su discípula, de la mano de su madre, fue forzada a salir del edificio. No la escuchó gritar ni emitir sonido alguno. Sus ojos se encontraron, por última vez, con los de ella a través de la pequeña ventana de la puerta. Paradójicamente, en su mirada infantil no se leía miedo, sino resignación. Él nunca llegó a despedirse.

martes, 23 de noviembre de 2010

poema dadá por N.A

El día, la noche, la puerta, la ventana.
La paloma pasa, me mira.


Me tomo un café.
Mejor un mate.
Abro el msn
Cierro Skype
Mando un mail
Sube, baja
Subte o bondi,
¿Hasta dónde?
Dos hasta Banfield
Son casi veinte mangos.
Decir, estar, callar, trotar
Ramón, ¿dónde estás?
Voy para allá
Salgo en quince
Va

jueves, 28 de octubre de 2010

entrega

Cuando él estuvo a punto de alcanzarle el billete, ella le estampó una cachetada. Así: de prepo y de lleno en su mejilla derecha, la cual quedó roja no tanto del dolor sino de la vergüenza. No era la primera vez que lo hacía, pero en esa ocasión él supo entender el motivo. Agachó la cabeza y miró hacia el piso damero del patio trasero. No pudo verla derramar una lágrima. Acto seguido, colocó el ahora arrugado billete en el bolsillo de su delantal blanco. Ella apoyó su mano sobre la de él, casi sin querer, y en un acto reflejo -uno que repetimos todos sin saber nunca bien por qué- se aseguró que los cien pesos estuvieran a salvo. Luego, le acomodó el cuello de la camisa y simuló plancharlo con el calor de sus manos. Probó los botones de nácar: estaban bien. Excepto uno de los ojales que era más chico, por lo cual debió usar la tijera que sacó del otro bolsillo. Extendió los brazos del hombre y con su palma recorrió las costuras. Rozó sus costillas, y al sentirlo tan débil e indefenso, se sonrojo. Él, anticipándola, giró. Ella calculó el largo y el ancho de la espalda y, finalmente, le quitó la camisa. Colocó la camisa blanca en la bolsa de nylon, se la entregó y se dio media vuelta. Los brazos de él estrangularon su cintura. El mundo se salía de su eje y dejaba de girar por un segundo. Y, a esta altura, ya poco quedaba por hacer o por decir.

el regreso

"Los vagos de la estación dicen que volvió al pueblo, che, pero, ¿dónde carajo se metió el Ñato, ese mismísimo hijo de puta?" La pregunta de Cáceres se respondió por sí sola un par de minutos después. Fue cuando la puerta de madera y vidrios repartidos se abrió, dejando entrar la ola de calor y humedad junto con la llegada del Ñato Etchesortu. Entonces el silencio se hizo presencia en el bar del Hotel Colón. Sólo el chirrido del viejo ventilador de techo tenía algo que decir. El escribano Mencía demoró más de lo habitual en guardar los billetes en su bolsillo trasero: quería presenciar ese acontecimiento en primera fila. Los vagos del pueblo, sentados contra el ventanal, aplazaron la siguiente tirada de dados, dejando que el Osvaldo se llevara las apuestas del día. Ismael, en un acto mecánico, sacó la ginebra y un vaso de los nuevos de debajo del mostrador. Los otros vagos, los mensajeros, simularon una muda y ridícula conversación entre ellos. Hasta el perro zarco que lo había seguido desde el playón de la estación, apoyó el hocico frío contra la puerta a la espera de novedades. El Ñato se sacó el sombrero y caminó con la cabeza  gacha hacia el baño, al final del pasillo, no sin antes saludar con una seria reverencia a Ismael. Este le devolvió el saludo mientras servía la ginebra con tónica. Cuando la puerta del baño de hombres se abrió, el bar del Hotel Colón volvió a una forzada normalidad.

lunes, 25 de octubre de 2010

desfallecer

-       ¿Ella dormía?
-       Sí, plácida pero enardecida, sonrojada. Susurraba, desnudándose en sueños.
-       ¿Entonces?
-       Perdí el equilibrio, dejé de sentirme afable, seguro…
-       ¿Seguro de?
-       De su amor.
-       ¿En ese preciso segundo?
-       Sí, aunque pudo ser antes. Algo en ella se perdió, se evaporó angustiosamente en el éter. Se desvaneció sutilmente, sin previo aviso, sin advertencia alguna.
-       Sí, siga…
-    Dudé de ella, de sus sentimientos. Presentí su desamor, sufrí encarnizadamente su abandono, sometiéndome a su desamparo. Deduje su desinterés, padecí su sádico egoísmo, pené su distancia, desconfié de su presencia entera.
-       Ajá…
-    Antes supe dejarme seducir, entregándome a sus enfermizos encantos. Aprendí a ser esclavo de su déspota pasión, adicto a su desalmado espíritu, adorador de sus peligrosos secretos dormitantes.
-       Es entendible.
-       Pensé seriamente en suicidarme, en desaparecer antes de dejarme devorar por sus  enredados artilugios. Debería decir, asimismo: antes de dejarme engullir por su pétrea ausencia.
-       ¿Pero?
-       Sentí escalofríos, asco. Adolecí de espanto ante dicho desenlace.
-       Entiendo, ¿pero sintió pena? ¿Piedad? ¿Por ella?
-   Piedad de ella, sí… puede ser. Pero debía seguir adelante, debía salvarme de su soberana existencia sin sosiego.
-       ¿Entonces?
-       Entonces sentí enorme poder. Súpeme dueño, amo, señor. Ella dormía apaciblemente. Su débil aliento se evaporaba en el aire, su desnudez apremiaba, su siniestra aura surcaba el espacio en derredor, su espalda se derretía en aterciopelado sudor.
-       Sí, siga, diga…
-     Empuñé el arma. Sin dudarlo, penetré su suave piel satinada, despojada de peso alguno. Socavé sus entrañas, poseyéndola soberbiamente. Saboreé sus entrelazadas, eternas extremidades. Suspiré sobre su sensual silueta...
-       Sí, ¿después?
-    Acarició el arma su encendido pubis, palpó sus deseosas profundidades, dibujó sin decoro alrededor de su exuberante escote. Ella alunizó en penumbras, deshaciéndose en palabras de desvergonzado placer. Puncé su pavoroso sexo, desgarrándolo en éxtasis adormecido.
-       ….
-       Entonces, en el silente disparo, ella se acabó.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

Las Alondras

Nunca antes habían entrado en aquél bar. Ella, acaso por su heredado status social. Él, debido a que su carácter obsesivo compulsivo lo arrastraba desde el año 2015 al mismo bar de siempre, "Los Alerces", a las 18:05, tras una jornada de trabajo agotadora. Allí lo esperaba su fiel mozo de bigote gris y un vaso de Bourbon apoyado en una mesita a la derecha del baño de mujeres.
El señor R. y la señora H. se pusieron de nariz al ventanal que daba a la Avenida. El eco de las balas aún resonaba a la distancia y un humo espeso lo cubría todo. Ella estornudó en reiteradas ocasiones y el señor R., en un acto de galantería poco común en él, le acercó un pañuelo. La garganta le picaba, y el dueño del bar, como si hubiera leído su intención, le acercó un vaso de agua que ella agradeció en silencio. Se preguntó a sí misma si, en caso que la situación hubiera sido otra, habría aceptado un vaso de agua proveniente de aquél establecimiento. Dudó un instante: cabía la posibilidad de que el agua no hubiera sido analizada y aprobada por el Ministerio de Sanidad y Consumo, con lo cual podría estar contaminada. Sin embargo, la circunstancia apremiaba. Entonces, con cierta prudencia y a ojo cerrado, se llevó a la boca tres imperceptibles sorbos de agua de grifo del bar "Las Alondras".
Fue en ese momento que presintió el dolor físico ante la inminencia de la muerte. Cuando la nube de polvo se disipó, pudo ver a través del ventanal hombres y mujeres arrojados en la vereda, con ojos y bocas abiertos, pero sin aliento visible o audible. Afuera, la ciudad estallaba en mil pedazos. Por el momento, el bar "Las Alondras" parecía ser el único lugar seguro en la faz de la tierra.