domingo, 3 de junio de 2012

viajante


Y es que había soñado que llegaba a los pies de la Virgen, de la Nuestra Señora Virgen de Copacabana… No, no… la estampita esa es de la Urkipiña, ¿ve? Atrás está escrito el nombre de mi difunta madre, Lidia Zamudio de Crespo. Hablo yo de la Virgen de la Candelaria de Copacabana. Pues, le decía que había soñado que llegaba a los pies de la Virgencita. Lisiado: así me le anunciaba a la Reina Madre. Porque había andado arrastrado, caminando con las rodillas, como un animal. ¡No! Peor que una bestia. Las rodillas ensangrentadas y las piernas que no me respondían. Viajaba acompañado del choique, o surí, que es el ñandú pequeño de la estepa, lo ha visto ¿verdad? Y también venía conmigo el zorrito colorado, el guanaco y hasta el castor, que acá se lo tiene de plaga, pobre criatura de Dios. Y el cóndor patagónico,  sobre nuestras cabezas, nos indicaba el camino. A medida que ascendíamos, y con la calor, cruzando el monte y el pantano, se sumó el mono, el yaguareté, el gato montés, la llama... Así hasta llegar al Altiplano.
Todo esto en mi sueño, ¿comprende? Entonces, al despertar, me dije que sí, que tenía que hacer el viaje hasta la Virgencita. Esta vez era un deber, un llamado divino. Nada no se me había dado porque sí. Nada no se nos viene en sueños porque sí, ¿no es cierto? Debía encontrármele cara a cara. Volver al hogar. Es que yo me vine aquí de muy jovencito, ¿sabe? Y dejé a mi viuda madre, que ahora descansa en paz, y a mi hermano mayor, que es ingeniero y vive en Cochabamba, con su familia. 
¡Claro que sí, compadre! Guiado por el sueño, viajé de vuelta a Copacabana, a mi ciudad. ¿Una semana? No. Cinco días le puse en carro. Debía llegar el dos de febrero, para la fiesta de la Santa Patrona. Primero paré en Río Gallegos y de ahí derecho hasta Comodoro. Luego, Puerto Madryn, en la Península Valdés... Ese pueblo de gringos, ese desierto que es puro viento seco ¿verdad? Un poco como mi triste Altiplano. Fui todo por la ruta tres, que se ofrece eterna y solitaria, hasta llegar a Bahía Blanca. Después, empalme en La Pampa, y de allí derechito hasta Córdoba: de la tierra plana al Valle, a la vera del río, y más adelante se le aparece a uno la Quebrada, las Salinas, la Puna… 
¡Pero qué de paisajes han visto los dos ojos estos, mi Dió! Después no queda más que subir, como una mula, con el cogote inclinado, y las encías rojas de sangre. Se cruza la frontera, en La Quiaca, al otro extremo del continente. Y luego viene Potosí, y más arriba Oruro, hasta llegar al departamento de La Paz, ¿vió? Y en el Oeste, Copacabana: entre los cerros y a orillas del lago.
¡Menuda alegría sentí yo al ver a la Milagrosa allí frente mío, señor! Esa imagen de cuatro pies hecha de madera de maguey laminada en oro fino y ese manto lujoso de princesa Inca y su pelo natural y el Jesucito que parece que fuera a caérsele de las manos. Y cuando se sale del Santuario, se camina para atrás; no sea cosa de darle la espalda a la Señora. ¡Por fin había vuelto al hogar, a la madrecita, a Copacabana! Y llegué con ofrenda de chuño y pan de yuca y vino y chicha para los peregrinos. Mientras, los más devotos, con sus trajes típicos, bailaban la Morenada frente a la Basílica. Y el sueño estaba cumplido, finalmente, ¿lo ve?... 

1 comentario:

  1. un tono irrepetible, con la dosis justa de agobio, melancolía y desasosiego.

    ResponderEliminar