sábado, 26 de junio de 2010

llegada

Mientras el autobús atraviesa la calle de adoquines, yo lo miro todo al pasar. El semáforo obliga al vehículo a detenerse, seguido de motos y de pequeños autos modernos que no dejan de emitir bocinazos roncos. Mi compañera escucha música en el asiento de enfrente. Una monjita sentada a mi lado me sonríe, plácida. Le devuelvo una sonrisa tímida que es más un asentir que un sonreír. Luego miro al otro lado, a través de la ventanilla, como es mi costumbre. Y allí están, así los reconozco: una joven pareja en un ciclomotor negro besándose sin pudor. Él se contonea como un gato hasta alcanzar los labios de su amada, sentada detrás suyo, apoyando sus no-pequeños pechos contra su hombro. El beso dura lo que la luz roja tarda en ponerse amarilla. Y, a continuación, una palabra al oído lo desata todo, como un huracán. Ella se baja, hecha una furia. La luz vira de amarrillo a verde. El autobús arranca, pero mi curiosidad no puede evitar seguir la escena. La joven lanza el casco por el aire pesado de las dos de la tarde, haciéndolo impactar como un estruendo contra el cordón de la vereda. Y se aleja lanzando (para mis oídos) silenciosas puteadas. Él, desesperado, pone en marcha la moto y la sigue, exclamado (para mis oídos) mil y un mudos perdones.

No se podía negar. Era un hecho: habíamos llegado a Roma.

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