martes, 13 de julio de 2010

boda

Nos enamoramos en Tokio. Yo estaba allí por trabajo, como enviado del periódico para el que solía trabajar en aquel entonces, el L.A. Times. Ella, una joven actriz de teatro kabuki. Yo rasguñaba los cuarenta. Al poco tiempo decidimos contraer nupcias. Lo hicimos en Kobe, la ciudad que la vio nacer y donde se había criado. 
Mi madre y mi hermana menor vivían en Salt Lake City, y habían viajado una única vez a Los Ángeles desde que yo me mudara en mis años de estudiante universitario. Con lo cual, la mera idea de hacerlo por mi segundo casamiento (esta vez con una joven japonesa a quien casi doblaba en edad) era inverosímil. Ella estaba acompañada de su sexagenaria madre y de sus dos hermanos mayores. Uno era un prestigioso arquitecto que residía en Tokio, y el otro, gerente de una compañía de telecomunicaciones en Ottawa. El primero, casado con dos pequeños hijos: la imagen perfecta para la foto del álbum familiar. El segundo, un treintañero gay, un tanto retraído pero visiblemente soberbio. Ambos viajaron a Kobe para acompañar a su hermana, a falta de ese padre que perdieran en el terremoto de Niigata en 1964 cuando se encontraba por viaje de negocios. Mi esposa solía tener pesadillas con la imagen del cuerpo de su padre cubierto de polvo y escombros; un padre al que sólo conoció por fotos (ya que ella tenía apenas tres años al momento de su deceso). 
La ceremonia se realizó en un templo budista (yo no tenía inclinación religiosa alguna, así que por ello recibí la bendición zen). Y luego todos nos reunimos en una elegante casa de té aledaña, rodeada de un maravilloso jardín de orquídeas con un estanque de peces de colores. Las camareras sirvieron sake y deliciosos manjares, mientras que un quinteto de cuerdas nos regaló melodías clásicas. Mi flamante esposa vistió un kimono de lujo con un obi semejante a una mariposa. Y una brillante hebilla de flores brillante sujetaba su cabello negro-azulado. La recuerdo como si fuese ayer: una belleza simple y definitiva. Entablé una charla frívola con el hermano homosexual que evitaba al mayor (por motivos que podrán fácilmente inferir), y a la madre de ambos, una mujer rígida y de pocas palabras. 
Mientras tanto, los niños corrían por el parque y alimentaban a los peces gordos y coloridos. Y en cuanto a mis amigos compatriotas (un par de cuarentones escépticos, arrojados a la periferia de cualquier acto romántico), encontraron grata compañía en dos geishas que debían de ser (a decir de ellos) experimentadas en el arte del amor. 
Sin embargo, ni la una ni la otra les reveló el menor indicio. Supongo que ni la más geisha de todas las geishas del mundo puede decir algo certero respecto a ese sentimiento tan inefable como indecible. ¿Qué nos queda al resto de los mortales, pues? A pesar de esto, esa vez, bajo un cielo oriental, celebré un acto de fe: mi segunda boda con una mujer a la que amaba.

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