jueves, 1 de julio de 2010

ego

Estar llena de falta de signos de puntuación, como en un manuscrito de Kerouac (sin puntos ni comas, ni puntoycomas), donde las palabras bailan en un fluir errático sin accesorio alguno. A veces, estar plagada de comas: abusar de ellas a riesgo de desdeñar los puntos finales. Entonces, optar por los puntos suspensivos como cuando suspendida en el aire... pero ¿generar suspenso? No creo ¿O sí? Quizás. Me engolosino con signos de pregunta que expresan 10% de ingenuidad, 70% de curiosidad y el resto de ironía, acompañados, según sea la ocasión, de los enfáticos signos de exclamación. Por momentos, estos se suceden solos, uno detrás del otro, como en fila - sólo que es una que lejos está de trazarse con regla -. Ellos más bien eligen su propio orden y espacio. Caóticos, coloridos, caprichosos, enardecidos, extáticos, entusiastas. Y de repente, sin previo aviso, el tan temido (pero menesteroso) punto y aparte. Ese que corta la respiración como un hachazo cuando te toma desprevenido. Suele disfrazarse de barra si elige jugar con la música y la poesía, arrojando entonces esa última palabra tras la pausa: metáfora del adiós. Regalarle paréntesis (mas nunca corchetes) a mis múltiples voces a modo de hogar donde resguardarlas de lo externo. Estos aclaran oscureciendo – para algunos – y oscurecen aclarando – para tantos otros–. Pero no dejan de escaparse, ansiosos, de mi garganta y, a veces, de mis manos apuntando a la hoja en blanco.

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