lunes, 19 de julio de 2010

desolación

El hombre atraviesa una carretera del Oeste americano. En la radio de su auto suena un tema de Leonard Cohen. El  estribillo retumba cual eco en su cabeza. Sabe que de ahora en más, con sólo escucharlo, no vendrán a él aquellas imágenes de sus años jóvenes: noches de lecturas precoces de Rimbaud y Baudelaire en un francés ilegible, borracheras de vino en cartón, y chicas intelectuales de pechos pequeños que llegaban junto al despertar sexual. De ahora en más, esta canción disparará en él sentimientos diametralmente opuestos. Tararea la canción para sus adentros, mientras el viento seco empaña los espejos con la arena del desierto. Afuera, un sol naranja se derrite en el horizonte. El aire acondicionado no funciona, y maldice no haberlo llevado a reparar en su día de franco de la semana anterior. Sus manos están mojadas en sudor, así como las axilas y el torso. Emana de él un olor particular, el olor que pueda provenir de un animal herido o aterrorizado ante la inminencia del peligro. Sus ojos comienzan a nublarse, posiblemente a causa del polvo que ha entrado por las hendijas de la ventana semi abierta. Le arden, pero evita frotárselos. Sabe que la sal del desierto se clavará en su retina provocándole una úlcera, o algo similar. Lo invade el recuerdo de su maestro de tercer grado: el señor R. solía usar un parche negro en el ojo izquierdo. Decía haberlo perdido en la guerra del Pacífico. 
El hombre se esfuerza por focalizar la mirada en esa carretera despojada de autos y carteles. La noche no tardará en llegar, cubriendo con su manto oscuro la soledad intangible del desierto. De pronto, un pequeño coyote se cruza en su camino, obligándolo a presionar los frenos. Su cuerpo se zarandea de atrás para adelante, y de adelante para atrás, impactando con fuerza contra el respaldo. Gruesas gotas de sudor se pegotean en su espalda, formando una película viscosa que se adhiere al cuero del asiento. Hunde su cabeza en el volante y comienza a llorar. Desconsuelo y desolación caen junto al atardecer.

Aquella mañana, el hombre se desayunó con una noticia ajena, de las que uno suele leer en la sección policiales. Su hijo mayor  fue encontrado muerto en un motel de ruta, a cien kilómetros de donde se encuentra. Ambas muñecas y la garganta presentaban un tajo de punta a punta. Se desangró durante la noche... no pudimos hacer nada. Lo siento mucho, le habían dicho del otro lado del auricular. El hombre no derramó lágrima alguna. Ni siquiera al tener que notificárselo a su esposa. Sin embargo, no pudo evitar pensar en aquél extraño que tuvo que mover los casi 80 kilos de su hijo mayor, y limpiar el tapete, para que esa misma habitación pueda ser utilizada por otro huésped antes de las 14: hora en que se lo llevarían a la morgue local.

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